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Paulina Alatorre

Interessen
Admiro a las personas que, de modo independiente, o por medio de organismos como Amnistía Internacional, defienden, sin temor alguno, los derechos humanos.

"Si no eres capaz de perder de vista la costa, jamás descubrirás nuevos océanos"
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Huellas

24 Mai

Carta a mi abuelo

Querido abuelo:

 

Mi madre me dijo: “Si le escribieras una carta a mi papá, sería mi mejor regalo para este 10 de mayo”. Y aquí está Poli, la novena de tus nietos, intentando dirigir unas palabras al ser humano pleno de sensibilidad, al hombre que irradiaba fortaleza, al don Pedro por tantos querido, al nieto de España, rodeado siempre de buenos amigos, al hijo de México que amaba su patria, al fiel esposo que se prendó alguna vez de aquella hermosa niña de dieciséis años a la que amó eternamente como el primer día, al padre cuya familia fue lo primero en su vida, al abuelo que se marchó pronto, por lo que solo disfrutó la gran alegría de abrazar a dos de sus veintitrés nietos, al adorado padre de mi madre con quien nunca había tenido la oportunidad de conversar.

 

“Pon una hoja tierna de luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver”, dice Jaime Sabines. Da resultado. Te miro en el entonces próspero Real de Catorce, cuyos cerros cubiertos de paz velaron tu cuna; ahí está tu casa, de pie, con sus memorias, custodiada por las mismas callecitas empedradas. Cada una de esas piedras parece querer contarte una historia; historias de barras de plata que hoy son solo recuerdos. Imagino a las jóvenes del siglo pasado, melancólicas en aquellos balcones de antiquísima herrería, suspirando por algún viajero que no volvió; puedo ver a tu madre recargada en aquella barandilla que muchos años más tarde hiciste reparar, y que nunca quisiste cambiar por conservar intacto el sitio en donde ella los miraba alejarse hacia el colegio. ¡Eras un sentimental incorregible, don Pedro!

 

Siendo todavía un niño, partiste a la capital, San Luis Potosí, dejando atrás a tu amado mineral en donde hoy los fantasmas merodean por los rincones de la mano del silencio; puedo adivinarte ahí, ahora, porque regresaste mil veces... porque nunca te fuiste. Debes estar recorriendo el atrio de aquella iglesia cuyas campanas alguna vez el señor cura echó al vuelo cuando llegabas de la ciudad de México con tu amorosa esposa y tus ocho hijos, al tiempo que los lugareños te recibían con cohetes. Estarás mirando por la ventana de Mariquita, la del correo, o te preguntarás si continúan ahí las pilas de vigas que a tantos obsequiaste para que repararan sus casas. Seguramente estarás preocupado por saber qué fue de Goyito, aquel joven débil mental a quien frecuentemente enviabas vestir con José y Pancho. ¿Te acuerdas cuando cayó en aquella zanja en el cerro y no fue encontrado sino hasta días más tarde?... ”¿Quién te daba de comer, Goyito?”, le preguntaban. “Mamá pura”, respondía con dificultad. Ya ves, abuelito, al igual que tú, Nuestra Señora también lo protegía.

 

Seguramente todavía se escuchan por ahí tus pasos, los mismos que recorrieron Europa durante tres años y acompañados de los de tus primos, por meses, en España; los que se detuvieron en Toro, Sinaloa, para salir de ahí seguidos por Tita, de quien fuiste querido esposo y, ¿por qué no?, también en cierto modo un padre.

 

Cuántos años te sobrevivió aquella hermosa y enorme casa de la Ciudad de México. En la habitación en donde alguna vez escondieron mis regalos de Santa Claus estuvo un día tu escritorio, tu lámpara verde cuya cadenita colgaba esperando que tu fuerte mano la encendiera en aquellas tibias y tranquilas noches; la piedra roja con vetas amarillas traída de un fresco río de Toro que utilizabas como pisapapeles, pero era solo un pretexto para ocultar tus añoranzas.

 

Escucho el sonido de la madera cuando, con tu triste andar, llorabas la muerte de Conchita y de Panchito, tus pequeños hijos a quienes pronto pudiste alcanzar.

 

Pero también estás aquí. Te siento, y podría conversar contigo horas y horas, pero hay que llevarle la carta a mi mamá; la está esperando. Podríamos enrollarla como un pergamino y atarla con un listón delgado. ¿De qué color te gustaría? ¿Rosa? ¿Blanco?... No... Verde... mejor verde como la esperanza. Dice que será su mejor regalo; no es más que un trozo de papel, pero con más de un siglo de recuerdos.

 

¿Me acompañas? Puse la hoja tierna de la luna debajo de mi almohada y puedo ver que me acompañas. Dame la mano, abuelo. ¿Quieres?...Vamos a despertar a mi madre que aún duerme...

 

 

23 Mai

Carta a tres poetas de España

 

Queridos Antonio Machado, León Felipe, Federico García Lorca:

 

Sevilla; Zamora; Granada… 1875; 1884; 1898… Años cubiertos de gloria… Tierras benditas de España que los vieron nacer en aquellas horas en que todo se tornó poesía.

 

Plasmaré en esta carta algunas remembranzas de sus pasos por la vida, del sentimiento que habitaba en lo profundo de sus almas grandes y lo que de ellas emanó para convertirse en historia en forma de versos. Escucharé el eco de sus voces porque serán sus propias palabras las que harán que broten los recuerdos.

 

Hablemos de tu niñez, Antonio… “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero”... “Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara, casi de primavera, tarde sin flores, cuando me traías el buen perfume de la hierbabuena y de la buena albahaca, que tenía mi madre en sus macetas…”La plaza y los naranjos encendidos con sus frutas redondas y risueñas”… ¡Qué recuerdos hermosos, entrañables!, poeta.

 

Muchos momentos tristes viviste, León Felipe, cuando la España de Franco te alejó de tu hogar para siempre. “Qué lástima que no pudiendo cantar otras hazañas, porque no tengo una patria, ni una tierra provinciana, ni una casa solariega y blasonada, ni el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla, ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada, soy un paria que apenas tiene una capa… venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia”. ¿Cómo puedes decir que cantabas cosas de poca importancia? No sabes, poeta, cómo vibra mi ser cada vez que leo y releo tus cantos “de poca importancia”. A cuántos más habrás hecho, como a mí, estremecerse con ellos.

 

Qué feliz debe de haber sido tu infancia, Federico; qué nostalgia sentías por ella. “Se ha llenado de luces mi corazón de seda, de campanas perdidas, de lirios y de abejas, y yo me iré muy lejos, más allá de las sierras, más allá de los mares, cerca de las estrellas, para pedirle a Cristo Señor que me devuelva mi alma antigua de niño, madura de leyendas, con el gorro de plumas y el sable de madera”… 

 

Era julio, Antonio; recién había nacido el siglo XX cuando tu hermano regresó, enfermo, tras haber buscado fortuna en Guatemala. “Está en la sala familiar, sombría, y entre nosotros, el querido hermano, que en el sueño infantil de un claro día, vimos partir hacia un país lejano”. Qué lejos quedaba entonces Guatemala. Qué cerca deben estar ahora tú y tu hermano.

 

Recorriste mil caminos, León Felipe, encontrando a tu paso muchas risas contagiosas… contagiosas y vacías; por ello decías: “Pues compraré la risa. ¿Por qué no he de reírme y hacer que tú te rías? ¡Je, je!... Ya ves. La risa es contagiosa. ¡Bastante contagiosa! ¡Más allá de la Dignidad y la Justicia!”.

 

Y tú, Federico, cuánta angustia y soledad encontró tu alma en aquel viaje a Nueva York. Cuánto deseabas regresar a tu cálida España, adonde llevaste, en tus recuerdos, el sufrimiento de la raza negra. “¡Ay!, Harlem. ¡Ay!, Harlem. ¡Ay!, Harlem –escribías melancólico–. ¡No hay angustia comparable a tus ojos oprimidos, a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro, a tu violencia granate sordomuda en la penumbra, a tu gran rey prisionero con un traje de conserje!”.  Sé que a tu regreso comentaste que lo más espiritual y lo más delicado de aquel mundo era ese negro que se saca música hasta de los bolsillos, y agregaste que, fuera del arte negro, no quedaba en Estados Unidos sino mecánica y automatismo. Qué fría debe de haberle parecido la vida en Nueva York a un alma poeta como la tuya. Por cierto, ¿qué es para ustedes la poesía? Alguna vez dijiste, Antonio, que “no es el yo fundamental eso que busca el poeta, sino el tú esencial”, ¿no es así? Y tú, León Felipe, ¿aún defines de este modo la poesía?: “Deshaced ese verso. Quitadle los caireles de la rima, el metro, la cadencia y hasta la idea misma. Aventad las palabras, y si después queda algo todavía, eso será la poesía”.

 

Pasaron así sus años, entre sueños, versos y esperanzas. Entre pasos firmes y palabras bellas. Qué valiosas fueron tus colaboraciones en “Helios”, en “Alma Española” y en “Blanco y Negro”, Antonio. Qué satisfacción debes haber sentido al publicar “Soledades”, “Galerías” y tantos otros poemas. ¿A cuántos poetas, novelistas, dramaturgos y ensayistas tradujiste, León Felipe?... Cuántos tuvieron la fortuna de escuchar tus conferencias y de saludarte como embajador de buena voluntad. Cuando publicaste tu “Romancero Gitano”, Federico, no imaginabas el éxito que más tarde tendrías con “Mariana Pineda”, “Bodas de Sangre”, “La casa de Bernarda Alba”….

 

El año 1936 trajo consigo el horror a España. Los intelectuales que no se adhirieran al movimiento de los nacionalistas, encabezados por Francisco Franco, estaban en su contra. Eso afirmaban los enemigos de la República. Antonio, León Felipe, por sus ideas contrarias al autonombrado “Generalísimo”, tuvieron que abandonar su patria, ¿no es cierto?, pero, tú, Federico, no tuviste la oportunidad de hacerlo. Todo sucedió demasiado rápido. Con tu mano temblorosa de rabia escribiste esto, Antonio: “Se le vio caminando entre fusiles, por una calle larga, salir al campo frío, aún con estrellas de la madrugada. Mataron a Federico cuando la luz asomaba”. No con menos rabia que la tuya, León Felipe, cuando decías: “¡Qué bonita letra tiene usted, mi general! Para firmar una sentencia de muerte, hay que tener la letra muy bonita. ¡Qué bonita letra tiene usted, mi general!”.

 

Ambos dejaron a lo lejos España y, en jirones, una parte de su alma, mas, para nuestra fortuna, fueron sembrando sus palabras, por ahí, a lo largo del camino, y hoy todos podemos hacerlas nuestras. Mientras tanto, Federico, tú emprendiste tu vuelo. Se llenó de luces tu corazón de seda, y te fuiste muy lejos, más allá de las sierras, más allá de los mares, cerca de las estrellas,  en donde pediste a Cristo Rey que te devolviera el alma antigua de niño, madura de leyendas. Los recordaremos siempre, poetas. Te recordaremos siempre, Federico, en cada poema… En cada gorro de plumasEn cada sable de madera.

 

 

Con amor,

 

Poli Alatorre

 

 

 

 

 

21 Februar

Carta a Luther King

Mi muy querido doctor King:

 

Trasladémonos al mes de abril de 1865, al teatro Ford de Washington, cuando John Wilkes Booth disparó la bala que dio muerte al entonces presidente Abraham Lincoln. Vayamos ahora a abril de 1968, a la terraza del hotel Lorraine de la ciudad de Memphis, cuando James Earl Ray disparó la bala que dio fin a tu útil e intensa vida terrenal. Ambos recibieron la bala en el cuello; ambos luchaban por la gente de color;  ambos murieron por la justicia en un mes de abril.

 

Georgia te vio nacer; los Estados Unidos te vieron crecer;  el mundo te vio morir y la humanidad te verá siempre como el hombre sediento de dar libertad e igualdad a su raza, cuya única diferencia con la raza blanca, es el color de la piel, cuando lo importante, y tú lo sabes, Martin, es el color del alma.

 

Todo comenzó en el año de 1619. Perdón que te recuerde aquel día en que llegó a Jamestown, Virginia, el primer cargamento de esclavos llevado a tierras americanas por un contrabandista holandés. Familias enteras fueron arrancadas de sus natales Costa de Oro, Senegal, Guinea, Gambia… No fue sino hasta 1808 que fue prohibido este tráfico, lo que ocasionó  un significativo aumento en el precio de los esclavos. Muchos vivían de las recompensas que obtenían tras la “caza” de cualquiera de ellos que hubiera podido escapar. Pocas y fracasadas fueron sus rebeliones. Varias organizaciones en su contra fueron formadas siendo, tal vez, la más temida, la de los Ku Klux Klan, fundada a finales de 1865, mas no contaban con que aparecerían algún día asociaciones de gente de color como la Asamblea de los Líderes Cristianos del Sur, en aquel 1957 y la cual presidiste alguna vez.

 

Qué afortunado fuiste al haber sido hijo de un valioso pastor que nunca fue doblegado y de una mujer que te dijera a los seis años aquellas palabras que se internaron en lo más profundo de ti: “nunca pienses que eres peor que el blanco”.  ¿Cuándo fue que sentiste por primera vez aquella inclinación religiosa que te llevó a ser pastor como tu padre? Dicen que tenías apenas 17 años, ¿es así? cuando la iglesia de Dexter te dio la bienvenida.  Al terminar  tu doctorado en Teología en 1951 estabas ya muy cerca de conocer a Coretta Scott quien, como tú, fue infatigable luchadora. Cuando se casaron en 1952, no sabías aún la enorme alegría que te brindarían tus cuatro hijos. ¡Cómo debes haberlos amado, querido  Martin!

 

Alguna vez dijiste que Cristo proporcionaría el espíritu y Gandhi el método, te lo menciono porque me contaron que tu enorme apego a la religión, tu gran amor por Cristo y el ejemplo de la lucha siempre pacífica de “El Mahatma”, influyeron para que tú predicaras siempre la no violencia, y sí, de esa manera  organizaste decenas de marchas por la libertad, incitaste a la gente para que no utilizara los transportes públicos por el mal trato que recibían; las compañías de transportes sólo tardaron cinco meses en estar al borde de la quiebra y no tuvieron más remedio que dar buen trato a todos por igual.

¡Ay!, doctor King, cuántas veces fuiste arrestado… pero ningún argumento fue suficiente para retenerte demasiado tiempo pues ¿de qué podían acusarte por lograr, por ejemplo,  que niños de color entraran y se sentaran despreocupados en las bibliotecas asignadas a los blancos? ¡Cuánto lograste!, Martin Luther… Cuántos sueños de aquel maravilloso “I have a dream!”  se hicieron realidad, ¿ no es cierto?  Qué  satisfecho debes de sentirte aunque por ellos hayas perdido la vida.

 

Tu fama trascendió, tus libros fueron leídos por miles, rechazaste infinidad de  importantes cargos para poder continuar con tu noble labor… Sé que muchos blancos te apoyaban ¿serían más que los que te odiaban? No lo sé, ¿y tú? Pero qué más da… Recibiste el aplauso internacional cuando en aquel 1964, con toda justicia, por tu incansable lucha a favor de los derechos humanos y de la igualdad de las razas, se te otorgó el Premio Nóbel de la Paz.

 

Nunca te amedrentaron las amenazas de muerte, ni la bomba que colocaron en tu casa… Eras valiente como tus padres, ¿verdad?, además de que decías sentir la protección y fuerza de Dios;  pero Dios te necesitaba físicamente más cerca de Él por lo que, en aquella concentración que organizaste para el 8 de abril, sí pudiste escuchar la canción que pediste, “Dios bondadoso toma mi mano”,  mas ya lo hiciste desde algún lugar cercano a las estrellas. En la lápida del South View Cementery grabaron las palabras que te escucharon decir en la marcha sobre “Washington” en 1963, “Libre al fin, Libre al fin. Gran Dios Todopoderoso. Al fin soy libre”. 

 

Recientemente, a sus setenta y ocho años, Coretta voló a tu lado. Ojalá un día, juntos, escuchen a todos los seres humanos repetir esas palabras… “al fin soy libre”. No hay que perder las esperanzas, Luther.  Como tú mismo mencionaste alguna vez,  “en un mundo oscuro, confuso, el Reino de Dios puede todavía imperar en el corazón de los hombres”.

 

 

Un  enorme abrazo y, en nombre de la humanidad, reverendo King, ¡muchas gracias!

 

 

 

Poli Alatorre

 

01 Februar

Carta a Van Gogh

Querido Vincent:

 

Cuando miro la angosta cama de madera, el par de sillas baratas que la acompañan, la minúscula mesa en donde se amontonan jarras y tinteros bajo aquel espejito en donde tu rostro abatido debe de haberse reflejado tantas veces mientras el sol intentaba saludarte por la ventana cerrada, te adivino en ese, tu pequeño dormitorio, pensativo, melancólico, angustiado. Me gustaría saber, Vincent, cuáles eran tus pensamientos; qué te llevó a vivir con el alma atormentada.

 

Si alguien te hubiera dicho que la pintura de tu fiel compañera, tu habitación, se mostraría orgullosa en un museo de Amsterdam, jamás lo hubieras creído. ¿No es cierto? Pero está ahí, más de un siglo después, conservando el eco de tus pasos, recordando tu ir y venir atribulado.

 

Pocos años habían transcurrido desde aquel 30 de marzo de 1853 en que el cielo de Zundert, Holanda, te vio nacer; cuando comenzó a manifestarse tu talento para el dibujo. Tan es así, que a la corta edad de veinte años, la galería de arte Goupil contrató tus servicios. Pero ¿qué pasó, Vincent? Recorriste La Haya, Londres, París, y, sin embargo, no te llenaba esa vida; anhelabas tanto la paz espiritual… ¿Influiría en ti el haber sido hijo de un pastor protestante? ¿Sería eso lo que te llevó a buscar aquella preparación teológica que te convirtió en misionero? A ver. Cuéntame, Vincent. ¿Es verdad que perdiste la fe tras haber constatado la terrible pobreza en la que vivían en la región minera del Borinage cuando estuviste de misiones? ¡Cuánto te hubiera servido la fe en los momentos más desesperantes de tu vida, amigo! ¿Es por eso que te expulsaron de la misión?

 

Sé que al pintar definiste tu propio estilo después de haber recorrido muchos caminos belgas y holandeses estudiando a los clásicos. “Los comedores de patatas” y tu “Campesina espigando” son, con sus colores oscuros, reminiscencias de tus primeras incursiones en óleo, ¿verdad? Cuando en 1886 decidiste reunirte en París con tu querido hermano Theo quien, por cierto,  estuvo siempre dispuesto a darte la mano con su ayuda económica y moral y conociste a pintores como Paul Gauguin y Henri de Toulouse-Lautrec ¿fue cuando iniciaron juntos la maravillosa época de la estética postimpresionista? ¡Qué hermosas obras surgieron entonces!, aunque tu estilo de colorido fresco y espontáneo también fue producto de tu estudio de la estampa japonesa, ¿no?, y de tu admiración por la libertad del arte oriental.

 

La ciudad de Arles, dos años más tarde, fue testigo de tu arte ya maduro. ¡Qué fascinante tu “Vista de Arles”!... tu fuerza y sentimiento plasmados en luminosos girasoles, y aquel dormitorio... no dejo de imaginarte en aquel dormitorio.

 

¡Ay Vincent! Qué preocupación sintió Theo cuando heriste a Gauguin y amputaste parte de tu oreja para enviarla a aquella mujer que desdeñó tu amor. Qué crisis tan severas sufriste en aquel hospital Saint-Riémy-de Provence. No obstante, en tus buenos momentos reflejabas serenidad en tus lienzos.  En 1890, las flores de mayo  te saludaban al abandonar la institución, mientras el doctor Gachet te recibía bajo su cuidado en Auvers-sur-Oise. Regresaba tu estilo de compulsiva energía, de torcidos y ondulados trazos. Tu “Iglesia de Auvers” casi grita junto a ti tu angustia.

 

¿Qué había en tu interior, Vincent?... ¿Qué recuerdos?... ¿Qué carencias?... ¿Qué imágenes?... ¿Qué había en lo profundo de tu alma que te llevó a darte un tiro en la sien  y que te condujo a aquella terrible agonía? El borrascoso y corto camino que emprendiste en tu natal Holanda en 1853 terminó el 27 de enero de 1891 en algún lugar cercano a París.

 

Me pregunto quién compró y dónde está hoy el único cuadro que vendiste en vida. Años más tarde tus obras costarían una fortuna. ¡Qué lástima que tu arte fue reconocido tan tarde!

 

Tras el olvido del siglo XIX resurgió tu nombre; desde un rincón de cuadros apilados retornó tu arte, y, seguramente, al volar hacia el cielo infinito renació tu fe.

 

Un abrazo, donde quiera que estés

 

Poli Alatorre

 

 

17 Januar

Carta a Sor Juana

Mi admirada Sor Juana:

 

Cuántas primaveras e inviernos; cuántas vidas y muertes; cuántos cambios e historias; cuántos logros y fracasos; cuántas páginas escritas;  ¡cuánto tiempo!...

 

Me pregunto si alguna vez pensaste que con el correr de los siglos te seguiríamos recordando. ¿Lo hiciste?... Tal vez no y, sin embargo, aquí estamos, más de trescientos años adelante, admirándote tal vez más de lo que lo hicieran quienes tuvieron la fortuna de estar cerca de ti.  Generaciones van, generaciones vienen, y continúa cautivando la obra magnífica de Juana de Asbaje y Ramírez, llamada en el convento de San Jerónimo y en la posteridad, Sor Juana Inés de la Cruz.

 

A tus escasos tres años de edad manifestaste tu inquietud por conocer las letras, y a los ocho, de tu alma poeta brotaron tus primeras composiciones líricas. A cuántos dejaste maravillados con tu loa dedicada a la festividad del Corpus. ¡Eras tan pequeña y tan grande!

 

¿Quién tuvo la idea de que estudiaras latín a los doce años? ¿Tú misma? ¿Tu maestro, el padre Martín de Olivas?... Como haya sucedido, fue una acertada decisión, pues muy pronto ya lo dominabas. ¡Ay!, Juana, no obstante, cuántas veces te cortaste el cabello en un auto castigo por no aprender las lecciones tan pronto como hubieras querido.

 

Más adelante, las tareas que te fueron encomendadas como dama de honor de la virreina, Leonor María Carreto, marquesa de Mancera, a quien, por cierto, supe que dedicaste algunos de tus sonetos, no te impidieron conservar a tu lado a Virgilio; a Horacio; a Góngora… Te acompañaban a donde quiera que fueras, ¿verdad?

 

Qué pronto cobraste fama como una joven talentosa. ¿Cómo te sentiste aquella vez, cuando el Virrey de Mancera hizo que te examinaran cuarenta hombre de letras y ciencias? Me dijeron que quedaron boquiabiertos con tus respuestas a sus preguntas de historia, teología, matemáticas, poesía... ¡Tenías dieciséis años!, Juana.

 

El haber sido cortejada en diversas ocasiones no alejó de ti tu deseo de “vivir sola, no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad del estudio, ni el rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de los libros”… El sosegado silencio de los libros... ¡Qué hermoso!, Juana, ¡qué hermoso! Y bien, así ingresaste como novicia en el convento de San José de las Carmelitas Descalzas, pero no estuviste de acuerdo con el rigor de la orden, ¿no es cierto?, y sólo permaneciste en aquel sombrío sitio tres meses. Sin embargo, debido a tu característica perseverancia, insististe un año y medio más tarde, a tus veinte años, e ingresaste al convento de San Jerónimo para quedarte para siempre. Los muros del claustro son aún mudos testigos de tus inquietudes, de tus pasos, de tus sueños. 

 

¿Por qué no aceptaste el cargo de priora en ninguna de las dos ocasiones en que te fue ofrecido? Desempeñabas las funciones de contadora y archivista y te mantenían muy ocupada, desde luego. Pero tal vez el motivo por el que lo rechazaste fue a que tal empresa te restaría tiempo para atender la voz de tu alma llena de versos. No abandonaste del todo la vida palaciega por considerarse San Jerónimo centro cívico y social del virreinato, pero tu consagración al estudio siempre fue tu prioridad. ¡Cuánto defendiste el derecho a la cultura de las mujeres mexicanas! ¡Qué certeras palabras escribiste en aquella carta dirigida al obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz!... Juana... Juana… cuánto te insistía él en que abandonaras las letras y te dedicaras únicamente a la vida religiosa. En cierto modo lo complaciste al deshacerte de cerca de cuatro mil libros, mapas e instrumentos musicales en beneficio de los pobres. Llegaba entonces tu “confesión general” y las dos propuestas que firmaste con tu propia sangre.

 

Cuando algunas de tus hermanas sufrieron aquella terrible epidemia de fiebre maligna y te dedicaste a la noble labor de cuidar de ellas, ¿tuviste temor de ser contagiada?, ¿pensaste, en algún momento, que ello te llevaría a la muerte antes de cumplir cuarenta y cinco años? Se vislumbraba ya el siglo XVIII.

 

No podría decirse, Juana Inés, que tu vida fue corta, porque sigues viva, porque estás presente en tus obras líricas, dramáticas y sacras; en las populares, alegóricas y festivas. Estarás viva siempre, eternamente, porque siempre existirán en el mundo seres humanos que amen la belleza de tu literatura.

 

Admirándote siempre,

 

Poli Alatorre

 

 
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